EUPJ Torah

Bo – Español

Ten Minutes of Torah

Sidrá Bo

por Rabí Menno ten Brink (traducción por Renata Steuer)

Se podía tocar la oscuridad en la novena plaga que cayó sobre Egipto. Moisés extendió su brazo hacia el cielo y entonces Egipto quedó envuelto en tinieblas durante tres días. Aquella oscuridad profunda —choshekh al-eretz mitzráyim weyaameish choshech— era tan densa que resultaba tangible.

«Lo raú ish et ajiv, velo kamú ish mitajtav sheloshet yamim, ulejol benei Israel hayá or bemoshevotam» (Éx. 10, 22-23).
«Nadie podía ver al otro, nadie podía moverse de su lugar durante tres días; pero en las moradas de los hijos de Israel había luz».

Existen diversas explicaciones acerca de esa oscuridad que precedió a la décima plaga: la muerte de los primogénitos egipcios.

Algunos sostienen que se trató de un eclipse solar total. Sin embargo, un eclipse no dura tres días, sino apenas unos minutos. Otros comentaristas interpretan la expresión weyaameish choshech como un alejamiento progresivo unos de otros (mash, mush = retirarse, apartarse): la oscuridad se volvía cada vez más opresiva y sofocante. Ibn Ezra ofrece varias acepciones del término mush: tocar, palpar, percibir, desplazarse de un lugar a otro. O bien se trataría de una oscuridad tan espesa que la luz no podía penetrarla. ¿Se trataría, de hecho, de una oscuridad literal?

Otra explicación apunta a la erupción del volcán de la isla de Santorini, entre los años 1500 y 1600 a. e. c., una hipótesis que intenta ofrecer una lectura científica de las diez plagas. También se atribuye la oscuridad de esos tres días a un jamsín, una tormenta del desierto, frecuente en Egipto (y también en Israel), cargada de arena del Sáhara, capaz de oscurecerlo todo e impedir el paso de la luz solar.

Pero ¿cómo fue posible que los egipcios estuvieran sumidos en esa oscuridad asfixiante mientras que en Gosén, donde vivían los israelitas, había luz? No todo lo que describe la Torá debe leerse de manera literal, y nosotros, desde una mirada liberal, solemos buscar un sentido que vaya más allá del pshat, del significado literal del texto: ¿se trata acaso de una metáfora?

De forma muy simbólica y concisa, la Torá señala que, a causa de esa oscuridad espesa y palpable entre los egipcios, nadie podía ver al otro. Esa era la situación en Egipto. Metafóricamente, el otro ya no era visto como un ser humano, como un igual, sino como un inferior, como un esclavo, como un instrumento en manos de los gobernantes. Se trataba de una oscuridad impenetrable: espiritual, ética y moral. El trabajo esclavo se había normalizado; ya no se concebía otra forma de vida. Esto era válido tanto para los egipcios como para los israelitas, en tanto pueblo esclavizado. Los egipcios dejaron de reconocer que esos “otros” también eran personas.

Los esclavos hebreos estaban tan agotados física y mentalmente que ya no tenían ambiciones de desarrollo personal. Exhaustos y sin perspectivas tras un periodo tan prolongado de trabajo forzado; se sentían seguros: tenían comida y bebida para sobrevivir. Ya ni siquiera imaginaban cómo podría ser vivir de otra manera. Habían olvidado qué significaba la libertad. Esclavos y capataces convivían codo con codo en una densa oscuridad.

Las personas que literalmente no ven al otro no son capaces de movilizarse para ayudar a hacer del mundo un lugar mejor, promoviendo la libertad mutua en lugar de restringirla. Así fue hasta que Moisés, enviado por Dios, tomó la iniciativa de hacer brillar una luz diferente… oscureciendo el sol. Moisés, criado en la corte del faraón, conocía muy bien tanto la libertad como la esclavitud.

La novena plaga, la de la oscuridad, simboliza de manera poderosa esa contradicción entre libertad y esclavitud, entre luz y tinieblas. No fue una oscuridad causada simplemente porque el sol dejara de brillar; fue una oscuridad profunda que surgía desde dentro, desde el interior de las personas. Reflejaba su estado espiritual. Esta plaga estaba destinada a mostrarle al faraón que sus dioses no eran dioses.

La deidad más importante y venerada de Egipto era Ra, el dios sol. Comúnmente se le consideraba el creador del mundo y el soberano del cielo y de la tierra. Era la personificación del poder solar y del ciclo del día y la noche. Ese dios solar fue oscurecido, lo que indicaba que existía otro Dios con poder para eclipsar a Ra. El nombre del faraón era Ramsés: meses en egipcio significa «hijo de», es decir, hijo del dios sol Ra; meses aparece también en el nombre Moisés. El faraón era considerado el hijo divino de Ra. En la novena plaga, su padre fue apagado. Cuando el sol desapareció, quedó claro que existía un poder superior a Ra y a su hijo, el faraón.

La décima plaga siguió inmediatamente a la novena. Cuando ya no se reconoce al otro como un ser humano igual a uno mismo, la sociedad termina por destruirse. Eso es lo que mostró la décima plaga: la muerte de todos los primogénitos egipcios. Es la consecuencia directa de la profunda oscuridad que los seres humanos pueden imponerse unos a otros cuando creen en un dios o en un gobernante autoproclamado. Lo vemos en todos los regímenes dictatoriales. Ninguno perdura, porque el ser humano lleva en su interior un impulso irreprimible hacia la libertad: la libertad de pensamiento, de creencia y de existencia. Una libertad que celebramos cada año en Pésaj.

En el séder cantamos: avadim hayinu le-Faraó bemitzráyim —fuimos esclavos del faraón en Egipto—; atá benei jorín, ahora somos libres.

La oscuridad profunda surge cuando se excluye la verdadera luz de la libertad.

Entonces, los israelitas tuvieron que sacrificar un cordero, una deidad para los egipcios, y marcar con su sangre los dinteles de las puertas para que todos lo vieran. Así nos hicimos libres; libres de una sociedad en la que el otro era oprimido porque los líderes se consideraban dioses.

Hoy, lamentablemente, esas sociedades siguen existiendo en el mundo. Sigamos viendo siempre al otro como un ser humano, mirándole a los ojos, incluso cuando no estemos de acuerdo. Recordemos juntos que somos benei jorín, hijos de la libertad, y que es en el encuentro entre las personas donde se encuentra a Dios.

Rabí Menno ten Brink – Rabí de la Comunidad Judía Liberal de Ámsterdam (LJG). Presidente honorario vitalicio de la Unión Europea para el Judaísmo Progresista.

More News