EUPJ Torah

B’shallach – Español

Ten Minutes of Torah

B’SHALLACH – para la EUPJ 2026

por rabino Dr. Walter Rothschild (traducción por Renata Steuer)

Hay versículos en la Torá que a menudo pasan desapercibidos: no parecen especialmente dramáticos, pero son significativos y, a veces, tienen la costumbre de saltar de la página y golpearnos directamente entre los ojos.
Uno de ellos, para mí, es Éxodo 13:19. En medio de una gran confusión y premura, los hijos de Israel se ponen en marcha a través del desierto (NO por la ruta habitual de la Vía Maris, el camino del Mar a lo largo de la costa), y «Moisés tomó consigo los huesos de José, pues él había hecho jurar a los hijos de Israel, diciendo: “Dios ciertamente os recordará; entonces llevaréis de aquí mis huesos”».

Esto es, por supuesto, una referencia a Génesis 50:24-26, donde José —que unos versículos antes, aunque muchos años atrás, había podido llevar el cuerpo de su propio padre para ser enterrado en Macpelah, en Hebrón—, ahora en sus últimos días, les exige este juramento y afirma que Dios «os hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac y a Jacob». En consecuencia, cuando muere, «lo embalsamaron y fue puesto en un ataúd en Egipto» (50:26).

Resulta fascinante pensar que, durante los tres o cuatro siglos siguientes, alguien, en algún lugar, supo dónde se guardaba este ataúd, y que este conocimiento, junto con la promesa que llevaba asociada, se transmitieron de generación en generación. No estaría en una gran pirámide, sino seguramente en una tumba en algún lugar. El «nuevo Faraón» de Éxodo 1 es indiferente a cualquier predecesor famoso, pero los israelitas no lo son. Mantuvieron viva su memoria y su esperanza. Este ataúd es su vínculo físico con los Patriarcas y con el Pacto, su esperanza de un futuro en una tierra propia.

Así, cuando Moisés se lleva el ataúd consigo, este se convierte, simultáneamente, en un símbolo tanto de un nuevo comienzo como de la continuidad con el pasado. Durante los siguientes cuarenta años en el desierto y luego durante la conquista de la Tierra de Israel bajo Josué, este ataúd está allí en algún lugar (aunque no sea mencionado), junto con la otra caja más famosa, la que contiene las Tablas de la Torá del Sinaí. Finalmente, José será enterrado al final mismo del Libro de Josué (un libro muy desatendido; ojalá lo leyéramos cada año como el sexto libro de la Torá, porque es la continuación de la historia que comienza en el Génesis y el Éxodo). En Josué 24:32 se dice: «Los huesos de José, que los hijos de Israel habían sacado de Egipto, los enterraron en Siquem, en la parcela de tierra que Jacob había comprado a los hijos de Hamor por cien piezas de plata…». Esto también es verdaderamente asombroso, pues afirma que, siglos después, conocían el lugar, el contrato y el precio de la compra; y así, el hijo predilecto de Jacob no es enterrado junto a su padre en Machpelah, sino en la tierra que su padre había comprado tantos años antes… El Pacto se hace concreto. Esta tierra fue prometida: una parte fue comprada, otra fue conquistada y todo ello forma parte de Nuestra Historia y lo sigue siendo hasta el día de hoy.

¿Y dónde estamos hoy? Tenemos una tierra. Gran parte de ella fue comprada a antiguos propietarios con dinero, por ejemplo a través del Fondo Nacional Judío. Cualquier «Caja Azul» podría decirnos qué zonas fueron adquiridas con las donaciones realizadas por judíos de todo el mundo, aunque desde entonces también se han comprado propiedades. Parte de ella simplemente fue asentada, al ser solo desierto, tierra de nadie en el Néguev o en lo profundo del valle del Jordán, donde judíos llegaron para construir, cultivar y vivir. Y otra parte tuvo que ser conquistada a quienes negaban —y siguen negando— nuestro derecho pactado a estar allí. Los debates furiosos continúan, y de la Biblia podemos aprender que siempre así fue y siempre será. Nosotros también, como los israelitas en Egipto (en esencia, la primera «Diáspora»), debemos mantener vivas nuestra memoria y nuestra esperanza y no permitir que nos desalienten quienes niegan ambas.  

Pero hay algo más. Escribo esto (en diciembre de 2025), mientras desde hace meses está en marcha un proceso largo y doloroso para devolver a Israel no solo a los rehenes vivos, sino también los restos de los muertos, de los asesinados. Se ha convertido en parte de la identidad nacional, y de cualquier acuerdo alcanzado, exigir que los huesos sean colocados en un ataúd y trasladados a la Tierra de Israel para su entierro (o, en el caso de quienes proceden de otros países, devueltos a sus propias tierras y a sus propios rituales). Esto se siente importante. Uno podría decir, encogiéndose de hombros: «Los muertos están muertos, ¿a quién le importa dónde reposen sus huesos?». Pero los judíos somos diferentes. Sí nos importa. Construímos cementerios y, sí,  visitamos las tumbas.

A lo largo de nuestra historia, muchos no tuvieron tumba: fueron quemados, ahogados, incinerados, o murieron de forma anónima en campos de exterminio, fosas de muerte o marchas de la muerte. No es universal tener una tumba individual, pero sí es universal desearla: querer ser recordado, o tener la tumba de un antepasado que se pueda visitar.

Esta tradición puede rastrearse hasta los restos momificados de un antiguo patriarca cuyo ataúd fue sacado de Egipto, atravesó el Mar, cruzó el Desierto y entró en la Tierra Prometida.

El rabino Dr. Walter Rothschild fue ordenado en el Leo Baeck College en 1984. Ha servido a comunidades de todo el mundo judío progresista y actualmente vive en Berlín, Alemania.

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