EUPJ Torah

Tetzaveh – Español

Ten Minutes of Torah

Tetzavé – Ni más ni menos

por rabina Sandra Kviat (traducción por Renata Steuer)

וְעָשִׂ֥יתָ בִגְדֵי־קֹ֖דֶשׁ לְאַהֲרֹ֣ן אָחִ֑יךָ לְכָב֖וֹד וּלְתִפְאָֽרֶת׃
«Harás vestiduras sagradas para tu hermano Aarón, para dignidad y esplendor.» (Éx. 28:2-3)

O, como dice Polonio en Hamlet: «El hábito hace al hombre» (Acto 1, Escena 3).

¿Qué significa ser humilde o mostrar humildad? ¿Qué aspecto tiene la dignidad? Desde una perspectiva judía, la humildad consiste en conocerse plenamente y aceptarse tal como uno es; en ser consciente de aquello de lo que somos capaces y reconocer lo que hemos logrado, sin permitir que eso engorde nuestro ego ni invada el espacio, el papel o el impacto de los demás.

El maestro de sabiduría judía Alan Morinis ofrece una definición muy sugerente de anavá (humildad, en hebreo): escribe que significa «ocupar tu espacio legítimo», ya sea físico, emocional, psicológico o económico. Ser humilde implica, por un lado, dar un paso al frente cuando es necesario, ocupar espacio cuando es lo correcto y, por otro, saber apartarse cuando no es nuestro turno, cuando otros necesitan —o deben— ocupar ese lugar.

Moisés es descrito como la persona más humilde sobre la tierra, una afirmación ciertamente llamativa. De los relatos de la Torá emerge un mensaje claro: la humildad significa no estar al servicio de uno mismo. Moisés no se convierte en líder del pueblo de Israel porque busque poder o gloria (ni siquiera, quizá, porque desee el broyges, la disputa). Lo hace porque es llamado a ello y porque se reconoce su trasfondo singular, que lo distingue de cualquier otro israelita: es el único que no ha experimentado la esclavitud. Por eso se le convoca a dar un paso al frente y ocupar el espacio del liderazgo.

La humildad cobra pleno sentido en este contexto. Sin embargo, cuesta comprender cómo encaja con las descripciones tan minuciosas de las vestiduras de Aarón como sumo sacerdote en la parashá Tetzavé. Es difícil hallar humildad en los numerosos versículos que detallan la indumentaria lujosa que Aarón debía llevar:

«…Estas son las vestiduras que harán: un pectoral, un efod (un manto especial), una túnica bordada, una tiara y un cinto. Harán esas vestiduras sagradas para tu hermano Aarón y para sus hijos, para que ejerzan el sacerdocio ante Mí… de oro, de hilo azul, púrpura y carmesí, y de lino fino torcido.» (Extractos de Éx. 28)

Y oro, mucho, mucho oro; cadenas trenzadas de oro puro, cordones de oro, campanillas de oro y granadas de oro en el ruedo. Y no olvidemos las gemas y piedras preciosas que también adornaban sus ropas.

La imagen que surge de esta porción nos presenta a Aarón en el centro de una ceremonia pública y resplandeciente cuando es investido como sumo sacerdote: la persona que hablaría en nombre del pueblo de Israel y lo representaría ante Dios.

En esa ceremonia solemne, es literalmente «investido», es decir, vestido capa sobre capa con ropajes rituales altamente simbólicos, tras lo cual sigue un ritual sacrificial extenso y detallado. Hoy el paralelismo más cercano podría ser la pompa de una coronación real —aunque sin el sacrificio ritual y, por lo tanto, sin el olor a carne quemada del toro, del carnero, del cordero y de los panes sin levadura.

El ritual del sumo sacerdote forma parte del gran proyecto comunitario de crear un nuevo espacio sagrado para esta nación naciente. Sin embargo, parece contradecir lo que imaginamos como la vida austera en el inhóspito desierto. Tras huir hacia el desierto y comenzar a aprender los fundamentos de la libertad —tener control sobre su propio tiempo, sus propias normas y valores, y sus propias estructuras sociales—, resulta interesante que necesitaran oro y esplendor para señalar que Aarón se convertía en su líder religioso. O quizá no sea tan extraño: los momentos especiales requieren ropas y símbolos especiales, y ¿a quién no le agrada un poco de lujo?

No obstante, al leer el texto con atención, uno percibe cuánto llevaba puesto y lo pesadas que debían de ser todas esas capas de oro, piedras y tejidos. Literalmente cargaba con el peso de los símbolos del pueblo al que representaba. Y esta es una posible interpretación del ritual. Aunque resulte fácil deslumbrarse por el oro y el brillo de aquel antiguo «evento de alfombra roja», su función era mucho más profunda que la de las ceremonias actuales.

El ritual del sumo sacerdote no pretendía ensalzar a Aarón como individuo; no era su «ceremonia de los Óscar», su oportunidad de acaparar la atención. Más bien asumía un papel. Se trataba de aceptar una misión y reflexionar sobre cómo representar y servir a su pueblo en esa función.

Claro que existía el riesgo de que olvidara sus responsabilidades. Tal vez por eso su indumentaria era tan elaborada, simbólica y pesada, y quizá por eso estaban inscritos en ella los nombres de las doce tribus y la frase «Santo para Dios». Su función y sus vestiduras formaban parte del mishkán (el tabernáculo). No le pertenecían. Eran un recordatorio para él mismo, para Dios y para el pueblo de Israel. Eran «instrumentos» sagrados, una señal de que estaba allí para cumplir una tarea, no para servirse a sí mismo ni alimentar su necesidad de gloria.

Cada vez que debía tomar decisiones y emitir juicios —como correspondía al sumo sacerdote— tenía que recordar ceñirse al espacio que le era propio, dejando lugar a los demás. Era un recordatorio constante de «ni más ni menos»: de cuánto de sí mismo podía y debía aportar al papel; de poner límites al «yo», «mi», «conmigo» cuando actuaba como sumo sacerdote, para emplear «nosotros», «nos», «con nosotros» pues el Sumo Sacerdote no habla en su propio nombre sino representa la voz de la comunidad ante el Eterno.

¿Cómo gestionamos hoy ese equilibrio? El individualismo está fuertemente promovido en la cultura global contemporánea y, con frecuencia, se presenta envuelto en entretenimiento y diversión, enseñándonos sutilmente que lo que importa es que tus necesidades y tu posición prevalezcan. Que el objetivo final es que tú ganes, que tú subas al podio. ¿Se imaginan si la mayoría de los programas de telerrealidad no se basaran en la competencia, en que uno gana y todos los demás pierden?

¿Y qué ocurre con la anavá (humildad) en nuestras propias vidas? ¿Con qué frecuencia reconocemos el papel de los demás, en el trabajo o en casa? ¿Qué nos recuerda la importancia de ocupar únicamente el espacio que nos corresponde?

Si entendemos la humildad como una fuerza positiva para construir una sociedad mejor, para modelar a nuestros líderes y para guiarnos en la vida cotidiana, entonces ¿cómo podemos cultivar esa práctica en nosotros mismos, en nuestras comunidades y en el mundo en general?

Viviendo en el inhóspito desierto, liberados de la esclavitud, los israelitas necesitaban construir una nación juntos. Emprender la construcción del tabernáculo fue una herramienta que ayudó a reunir a las tribus en un proyecto común. Y en ese esfuerzo, quizá por primera vez pudieron experimentar lo que significa crear algo como personas libres, sentir honor y respeto a través de las contribuciones voluntarias de cada cual.

La construcción colectiva del tabernáculo y las elaboradas vestiduras de los sacerdotes son un recordatorio permanente de que edificar una comunidad —y, por extensión, una sociedad— requiere proyectos compartidos y anavá: saber cuál es el espacio que corresponde a cada uno de nosotros. La investidura de los sacerdotes no fue una celebración de Aarón como individuo; fue una lección de anavá y una celebración de los logros de todos.

Ni más ni menos.

La rabina Sandra Kviat creció en la comunidad judía de Copenhague, Dinamarca, y fue ordenada por Leo Baeck College en 2011, convirtiéndose en la primera mujer rabina en Dinamarca. Su herencia combina raíces danesas y suecas, que integra con alegría en su labor comunitaria en Londres, tanto en Crouch End Chavurah como, a tiempo parcial, en Edgware and Hendon Reform Synagogue.

More News