Vayeishev – Español
Cuando la Fidelidad se Vuelve Secreta
por Rabina Lea Mühlstein (traducción por Renata Steuer)
“Entonces el amo de José lo tomó y lo puso en la cárcel, en el lugar donde estaban confinados los prisioneros del rey; pero el Eterno estaba con José y le mostró un amor inquebrantable.” (Gén. 39:20–21)
La Biblia sigue el descenso de José desde el privilegio hasta el cautiverio. En la Parashá Vayeshev, se nos presenta primero como un soñador y un hijo predilecto: seguro de sí mismo, incluso jactancioso, apoyado en el amor de su padre y en sus propias visiones. El resentimiento de sus hermanos culmina en traición: lo venden como esclavo y José es llevado a Egipto. Despojado de su familia y de su estatus, comienza a crecer hacia una madurez moral. Sirviendo en la casa de Potifar, un funcionario egipcio, se gana la confianza gracias a su diligencia y su moderación. Pero cuando la esposa de Potifar intenta seducirlo y él se niega, ella lo acusa falsamente de acoso. La lealtad de José es malinterpretada como culpa, y él es arrojado a la cárcel: su incipiente fidelidad es confundida con delito.
Sin embargo, como destaca la biblista israelí del siglo XX Nechama Leibowitz, en sus Estudios en Bereshit, la Torá aparta nuestra mirada de la deshonra pública para dirigirla hacia la constancia interior. Ella observa: “En los seis versículos del capítulo 39 que describen la vida de José como esclavo en la casa egipcia, el nombre de Dios aparece cinco veces”. La presencia divina no abandona a José; más bien, la Torá recalca que “el Eterno estaba con José”. Para Leibowitz, el éxito y el fracaso no se miden por parámetros humanos: aunque rebajado, José jamás fue abandonado. El Eterno estuvo con él en la casa de Potifar y, de nuevo, en la cárcel; fuese donde fuese, la presencia divina lo acompañaba. La fidelidad, enseña, no se valida por el reconocimiento; persiste incluso cuando nadie la percibe. La santidad puede volverse clandestina y, aun así, sostener la vida.
En la historia judía, pocas narraciones reflejan esa fidelidad oculta de manera tan elocuente como el destino de los judíos de España y Portugal. Cuando en 1492 Fernando e Isabel promulgaron el Edicto de Expulsión, decenas de miles de judíos huyeron; otros permanecieron y se vieron obligados a convertirse. Exteriormente se transformaron en conversos o “cristianos nuevos”; interiormente, muchos conservaron fragmentos de su fe judía — una bendición susurrada, una vela encendida en la noche del viernes, un relato familiar transmitido en secreto. Como José en la oscuridad de la prisión del faraón, su fe sobrevivió bajo capas de ocultamiento. Su historia colectiva es también la historia de individuos que mantuvieron su fe en silencio, cada cual a su manera velada.
La Inquisición buscó exponer lo oculto, convencida de que la conformidad exterior revelaba lealtad interior. Pero a menudo ocurría lo contrario: el Eterno estaba con aquellos a quienes la sociedad interpretaba mal. En Lisboa, Sevilla o Toledo, la presencia divina se aferraba a ellos — invisible, callada, pero constante. Una oración susurrada o una mezuzá escondida tras una pared se convirtieron en el eco ibérico de las palabras de la Torá: “pero el Eterno estaba con José”.
Siglos después, cuando la vida judía ibérica parecía extinguida desde hacía tiempo, descendientes de aquellas familias, cuya fe había permanecido clandestina, comenzaron a reclamar su ascendencia. Durante siglos, la vida judía pública siguió siendo imposible — no solo tras la Inquisición, sino también bajo los regímenes fascistas del siglo XX de António de Oliveira Salazar en Portugal y Francisco Franco en España. Durante largo tiempo, ambos mantuvieron un estricto control sobre la religión y la expresión pública, incluso en la posguerra. Solo en la década de 1970, con la restauración de la democracia, se hizo posible una nueva apertura. En toda la Península Ibérica — en Lisboa, Madrid, Barcelona, Valencia o Rota — descendientes de conversos se han unido a judíos procedentes de Sudamérica, renovando juntos comunidades que son a la vez arraigadas localmente y conectadas globalmente. A lo largo de España y Portugal, las comunidades progresistas hoy dan forma abierta a lo que antes estuvo oculto. Sus plegarias, entretejiendo hebreo con español y portugués, son las voces públicas de ancestros que rezaban en susurros.
Este despertar no es nostalgia; es una revelación silenciosa de lo que perdura. Judith Plaskow, teóloga judía feminista, enseña que la revelación es un diálogo continuo: cada generación aporta su propia voz a las voces que fueron silenciadas. Pero la revelación no pertenece únicamente a las comunidades; también se desvela en el corazón de cada persona que sostiene su fe en silencio. Al regresar al judaísmo en sus propios términos, los descendientes de los conversos amplían ese diálogo, demostrando que la vida pactada puede interrumpirse pero no borrarse. La presencia del Eterno nunca está limitada al reconocimiento público; permanece viva incluso bajo un sigilo estricto.
Así habla Parashá Vayeshev a través de los siglos: la santidad puede volverse clandestina, pero no muere. La fidelidad de José subsiste invisible y malinterpretada hasta transformar su destino; la fe judía ibérica, reprimida y forzada hacia el interior, ha encontrado su camino de regreso a la luz. Ambas historias atestiguan que la presencia del Eterno acompaña a los ocultos y a los exiliados — a quienes todavía no pueden expresar su verdad en voz alta.
Nuestra tarea es reconocerlos y aprender de ellos. En cada época, el coraje moral y la integridad espiritual suelen pasar desapercibidos a los ojos del mundo. La pregunta que Vayeshev nos deja no es solo cómo José mantuvo su fe en la cárcel, sino cómo sostenemos nosotros nuestras creencias cuando estas nos conducen al aislamiento. La fidelidad no se pone a prueba únicamente en la lucha pública, sino en la perseverancia íntima. Como José en la prisión y los judíos clandestinos de Iberia, nuestra llamada es mantener la fe incluso cuando nadie nos ve, confiando en que la integridad, por sí misma, es una forma de luz.